Numancia en Celtiberia

Aunque existe discordancia entre los historiadores de la antigüedad, se puede deducir de sus noticias, referidas a los siglos II y I a.C., que se da el nombre de Celtiberia al territorio situado en el reborde montañoso en el que se encajan las cordilleras Ibérica y Central y sus zonas aledañas, donde se establecen las divisorias de las cuencas del Tajo, Ebro y Duero, es decir, la zona oriental de la Meseta Norte y el lado derecho de la cuenca media del Ebro. Estos historiadores describen la zona celtibérica como áspera, montañosa y por lo general estéril, condicionada por la dureza del clima, con fuertes heladas y abundantes nevadas, y azotada por el terrible viento norte, denominado cizicus (cierzo). No obstante, se diferencian la Celtiberia Citerior, de mayores posibilidades agrícolas y riqueza básica, más abierta a influencias exteriores provenientes fundamentalmente del Mediterráneo ibérico, y la Celtiberia Ulterior, circunscrita al alto Duero con prolongaciones por los rebordes de los Sistemas Ibérico y Central, con predominio ganadero y más marginada de los focos económicos y de los caminos dominantes.

La Celtiberia Ulterior estaría caracterizada por dos zonas diferenciadas: al norte, en las estribaciones del Sistema Ibérico, poblados situados estratégicamente y con buenas defensas naturales, reforzadas con potentes sistemas defensivos, atribuidos por Taracena a los pelendones. Estos asentamientos basarían su economía en el aprovechamiento ganadero de ovejas, cabras y vacas, con cierta incidencia de la caza, como lo indican los restos de fauna hallados; quizás practicaron un régimen de transterminancia, alternando las zonas altas y los valles de la serranía soriana.

En la zona centro-sur de la provincia destacan poblados, relacionados con los arevacos, que ofrecen sensibles diferencias con los castros norteños, ya que se encuentran situados en cerros aislados, dominando las vegas de los ríos y sin defensas artificiales visibles, por lo que parecen más orientados a las explotaciones agrícolas; están asociados a necrópolis de incineración, desconocidas en la zona castreña, con numerosas tumbas, que se disponen en las vegas de los ríos, mostrando sus ajuares una diferenciación social.

El ambiente boscoso, descrito por las fuentes clásicas para Numancia, proporcionó la base económica para la ciudad, aprovechando los ricos pastos idóneos para la cría de ovejas y cabras como principal fuente de riqueza. Con su lana se realizaban las prendas de vestir, entre las que destaca el sagum (de una pieza, de color pardo o negro) para defenderse de los rigores climáticos, que fue muy apreciado por los romanos, como se deduce de que entre los impuestos de guerra exigidos a las ciudades celtibéricas aparezcan siempre miles de estas prendas (en el 141 a.C. Numancia y Termes suministraron 9.000). También eran abundantes los asnos, mulos y caballos; éstos tenían fama de rápidos, lo que llevó a los romanos a su utilización en detrimento de los itálicos. Por otro lado, los bosques proporcionaban caza abundante como ciervo, jabalí, liebre, conejo, oso y lobo, que están bien documentados entre los huesos hallados en la ciudad, y que prueban la existencia de un bosque mixto.

La ganadería se completaba con la agricultura, al parecer poco extendida, como se deduce de las fuentes antiguas, que recalcan la diferencia de esta zona, a mayor altura, en donde el cereal no era abundante, respecto a la zona central del río Duero, habitada por los vacceos, en donde el grano era abundantísimo. Esto provocó a los romanos en varias ocasiones la falta de trigo, por lo que tuvieron que contentarse, según los textos, con la caza de liebres y ciervos. Los granos hallados en las excavaciones de Numancia corresponden a cebada y trigo, de donde obtenían también la caelia o cerveza, que según Orosio tenía un sabor áspero y daba un calor embriagador. Un complemento importante en la dieta alimenticia era la recolección de frutos secos, sobre todo la bellota.

Una fuente o recurso destacado por los autores clásicos está en relación con la riqueza férrica del Moncayo, ya que Posidonio, Marcial y Justino alaban la calidad de los aceros templados en las aguas de los ríos celtibéricos. Sus especiales características llevaron al ejército romano a adoptar la espada peninsular, el “gladius hispaniensis”, caracterizada por tener una punta excelente y un duro golpe con ambos filos.

Pueblos y ciudades

Se citan como pueblos o populi celtibéricos a los arevacos, lusones, tittos y bellos. Según Estrabón, los más poderosos eran los arevacos y entre sus ciudades cita Numancia. Otro pueblo relacionado con esta ciudad y con los celtíberos es el de los pelendones, ya que algunos textos clásicos citan a Numancia como pelendona en el siglo I a.C., es decir, con posterioridad a su destrucción por Escipión. El pueblo pelendón ocupó la Serranía Norte de la actual provincia de Soria, posiblemente incluida la zona de Numancia, y apoyándose en su riqueza ganadera desarrolló la denominada Cultura Castreña Soriana (siglos VI-IV a.C.).

La cultura celtibérica, que se inicia a partir del siglo VI a.C., desarrolló en su etapa final la vida urbana, acusándose, a partir del siglo IV a.C., una serie de cambios en los patrones de poblamiento, puestos de manifiesto en un mayor número de yacimientos y necrópolis, así como en el aumento de intercambios, que cristalizarían posteriormente en la creación de ciudades. La ciudad se configura como verdadero centro organizador, administrativo y político de su territorio, en el que se distribuyen los poblados y las aldeas; así, cuando Escipión toma Numancia, Apiano indica que dio la ciudad y su territorio a los indígenas que le habían ayudado a conquistarla.

No obstante, la información que nos ha llegado sobre las ciudades celtibéricas es tardía, ya que son los autores clásicos, que narran la conquista romana de la Celtiberia, los primeros que las mencionan. Las noticias más antiguas se sitúan hacia el 200 a.C., y están relacionadas con el avance de las legiones romanas por el Ebro y el peso que alcanza la guerra en Hispania.