Guerras Celtibéricas

Tras la batalla de Mons Chaunus (El Moncayo?), en el 179 a.C., las ciudades celtibéricas del Valle del Ebro habían llegado a un acuerdo con Tiberio Sempronio Graco para mantener una paz duradera, que duró unos veinticinco años. El compromiso de amistad conllevaba un reparto de tierras para los celtíberos a cambio de pagar un tributo anual a Roma, prestar servicio militar, no edificar nuevas ciudades, ni ampliar las murallas existentes.

La línea de frontera mantenida hasta entonces se desplazó hacia el Alto Tajo-Jalón y Alto Duero a partir del 154 a.C., con el inicio de las guerras celtibéricas, que se desarrollaron en dos fases: una primera del 153 al 151 a.C., y una segunda, cuyo centro fue Numancia, por ello se denominan “numantinas”, entre el 143 y el 133 a.C., que concluyó con la destrucción de la ciudad.

La incidencia de las guerras celtibéricas en la propia Roma queda bien reflejada, hasta el punto de que fue necesario modificar la constitución romana, para poder enviar como generales a cónsules de prestigio, antes del periodo de 10 años que debía transcurrir de un nombramiento a otro. Por otro lado, el hecho de que el cónsul nombrado pudiera hacerse cargo del ejército al inicio de la campaña en primavera, ya que la guerra en la antigüedad se hacía en primavera y verano, hizo necesario adelantar el calendario romano, que tenía su inicio en los Idus de marzo (15 de marzo), a las kalendas de enero (1 de enero). Somos herederos del calendario romano, por lo que nuestro año oficial es consecuencia de las Guerras celtibéricas.

El pretexto para la declaración de guerra estuvo desencadenado por la ciudad de Segeda (en El Poyo de Mara, Zaragoza). Esta ciudad estaba procediendo a la remodelación de su territorio, congregando de grado o por la fuerza a los pobladores de los alrededores, y comenzó a ampliar su muralla, construyendo una nueva de 8 km de perímetro, lo que provocó el enfrentamiento con Roma, ya que ésta interpretó que se alteraba el tratado de Graco. El Senado envió a Fulvio Nobilior, con un ejército consular de 30.000 hombres, contra los segedenses, quienes, al enterarse y al no haber acabado de fortificar su ciudad, pidieron acogida con sus mujeres e hijos a los numantinos, que los recibieron como aliados y amigos. De esta manera, Numancia fue arrastrada a la guerra de forma injustísima, al decir de Floro, a pesar de haberse abstenido hasta entonces de participar en los combates.

En el año 153 a.C., Nobilior, una vez controlada la zona del Jalón, se dirigió a Numancia, pero numantinos y segedenses eligieron como jefe a Caro, que atacó por sorpresa a los romanos y consiguió una gran victoria, matando a seis mil romanos; los celtíberos también tuvieron grandes pérdidas, entre otras la del propio jefe Caro. Esta derrota tuvo lugar el 23 de agosto, día consagrado por los romanos a Vulcano, que fue declarado a partir de entonces nefasto, de manera que ningún general romano en el futuro libró batalla en tal día como ése. Nobilior, siguiendo a los numantinos, acampó en La Atalaya de Renieblas, a 24 estadios de Numancia, a la espera de refuerzos. A su vez, los celtíberos nombraron jefes a Ambon y Leucon, en sustitución de Caro.

Un mes más tarde, Nobilior recibió importantes refuerzos de Masinisa, rey de Numidia (África) y aliado de Roma, compuestos por trescientos jinetes y diez elefantes, y se preparó para librar batalla con los numantinos en campo abierto. Para sorprender a los celtíberos, Nobilior dispuso en orden sus tropas, pero escondiendo los elefantes a retaguardia, como cuenta Apiano: “Así que hubieron venido a las manos, se abrió la formación y aparecieron las fieras, con cuyo espectáculo, antes nunca visto en las batallas, se aterraron tanto, no sólo los celtíberos, sino aún sus mismos caballos, que huyeron a la ciudad. Nobilior los persiguió hasta las murallas, donde se peleó con valor, hasta que uno de los elefantes, herido en la cabeza con una gran piedra, se enfureció de tal modo que, vuelto a los suyos con terribles bramidos, comenzó a atropellar a cuantos encontraba, sin distinción de amigos o enemigos. A los bramidos de éste, enfurecidos los demás elefantes, comienzan a hacer lo mismo, y atropellan, matan y desbaratan a los romanos”. Al ver los numantinos desde las murallas que los romanos huían, fueron en su persecución, mataron a un buen número de ellos y a tres elefantes, y se apoderaron de sus armas y enseñas.

Distintos cónsules, hasta seis, sucedieron a Nobilior desde el año 154 hasta el 135 a.C.; todos fracasaron ante Numancia. El Senado romano y sobre todo su facción belicista, no podía tolerar por más tiempo que una pequeña ciudad como Numancia estuvieran ocasionando tantos problemas a su ejército, victorioso e imparable en todo el Mediterráneo; era necesario acabar rápidamente con Numancia, para lo que había que enviar a un cónsul de prestigio. Por el clamor popular el Senado designó a Publio Cornelio Escipión Emiliano.